El naufragio

 Era 7 de diciembre de 1589 cuando la Nao Nuestra Señora del Rosario se hundió en las playas portuguesas de la península de Troia. Cientos de hombres se ahogaron mientras eran contemplados por los hombres desde el castillo de Outau

Había buscado toda mi vida un lugar donde poder esconderme de la perpetua miseria que recorre estos campos de la Bética. Estas inmensas tierras pobladas de gente mora, judía y cristiana que insiste con ahínco en asirse a la vida. El hambre no tiene nombre y huir de ella, de los estertores que provocan en la barriga el vacío y el olvido, era mi única obsesión. La peste continúa recorriendo mi tierra y tocando a las puertas de nuestras casas. No pude soportar por más tiempo el llanto lastimoso de mi esposa, el dolor intenso por la cortedad de su efímera vida y la de mis hijos, y me marché al mar, buscando donde guarecerme de tanta insidia.

Yo soy de Ayamonte, ese lugar poblado por gente del mar que se marchita recolectando en el estuario del Guadiana su pan diario. De Ayamonte, nacido entre Torre Canela y la Higuerita, habitante de los arenales del Salón y su molino, mientras los Guzmanes expolian a la vida cuanto pueden. Dónde podía escapar que no fuera al mar y buscar el confín de la tierra.

Juro ante Dios y pido al cielo que se abra sobre mi testa si miento, que nunca he sentido ningún apego por las aguas. Ninguna atracción por las azules o serenas aguas, y mucho menos por las turbulentas, negras y oscuras.

Ochenta y nueve velas salimos de la Habana hace ya cuatro meses, velas de treinta y dos navíos de a Tierra Firme. La Capitana de Nueva España de Juan de Uribe, la nao de Pedro Allo, la francesa Santa Ana, las Llagas, la Santa Inés, la Trinidad y yo que sé más de cuantos nombres hermosos y tristes condenaron a la memoria a estos navíos.

A principios de octubre ya adiviné qué sería de mi vida. Instantes en los que hubiera preferido el estertor del hambre y el malestar de los bubones apretando las axilas y las inglés.

Navíos ardiendo en mitad del océano. Humo que llegaba con la bonanza de mar y del viento, humo de una nao grande que ardía y cuyos árboles y velas se esparcían por las aguas y a la deriva, sin atisbo de supervivientes asidos a los palos.

Dónde estarían aquellos hombres, en qué simas de las profundidades marinas, acompañados de qué seres monstruosos y clamando qué canciones.

¿Quiénes serán los que, ausentes aún del sufrimiento de su muerte, ignorantes de la pérdida, seguirán disfrutando del vino y del amor? La muerte infringida por el fuego, qué insensatez morir quemado en medio de la infinita extensión del agua.

La isla del Corvo, la de Flores, la isla de San Jorge y la Graciosa. La Isla Terceira, y allí quince naos de nuestra flota nos aguardan, en el bendito bastión de las Azores. Las noticias eran malas, pésimas, hundimientos, luchas con los ingleses de muerte, historias de ahogamientos en La Catalina, la Jesús y María llenas de hombres gaditanos.

Y llegó noviembre y las tormentas se hicieron con el mar, y el chasquido de los cansados barcos que se escuchaban de forma estrepitosa, auguraban un duro invierno. La plata se traspasaba de barco en barco, sin apenas tiempo de salvaguardarla y cayendo al compás tesoros y hombres, prestando más prudencia en el trato de las mercancías que en el de las almas de estos desgraciados.

Y el cielo nos condujo hasta el cabo Espichel, en la ensenada de la barra de Setúbal, y creímos, ingenuos, que nos encontrábamos a salvo. Apenas quedaban unas leguas para llegar a casa. Creo que si hubiera subido a la Torre de Outao quizá hubiera visto todo el Alentejo. Pero tuvimos que dar fondo en la playa de Troia. La pequeña ermita vigilaba en alto el vaivén de nuestro barco, mientras el viento verde portugués pegaba duro contra los laterales. La virgen, de Nuestra Señora de las Salas, patrona de los pescadores, vio caer el árbol mayor y encallamos en las dunas. Destacaba sobre la pared blanca de aquella iglesia de pueblo el zócalo azul cielo. Una línea continua que terminaba confundiéndose con el tenue mar que en ese momento amenazaba con tragarnos.

Éramos doscientos, doscientos hombres ávidos de hogar y solo llegaron a la limpia arena cien. Los otros, los que caímos sobre las duras maderas y quebramos nuestros huesos en el mismo instante en que la nao se hizo pedazos, corrimos la misma suerte de quienes ya habitan el fondo de los mares por siempre.

Qué hermosa la vista de Setúbal desde esta playa inmensa donde viene a morir el río Sado. Nada más. Un sueño donde la vida se va extinguiendo entre las aguas. El cielo rugía mientras un grupo de delfines nos mecía.

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