Los arrecifes artificiales del Conde de Aranda

Los arrecifes artificiales del Conde de Aranda

Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda

¿Un guiño inglés a un ilustre Aragonés?: El Conde de Aranda ya se adelantó a los llanitos…

Es curioso las vueltas que el destino da a las ideas que no son tenidas en cuenta y menospreciadas en su momento por los gobernantes a los que el dueño de su formulación se las presentan adelantado ideas brillantes a su tiempo. Pero como ideas brillantes que son siempre dejan una huella en la historia en la que permanecen como recuerdo de los errores cometidos por nuestros dirigentes o incluso como mina latente guardadas en las bibliotecas históricas o en los archivos militares de espionaje.

Pedro Pablo Abarca de Bolea nació en el castillo de Siétamo en el seno de una ilustre familia aragonesa el 1 de agosto de 1779. Se educó en el Seminario de Bolonia (Italia) y en Roma. Siendo muy joven realizó muchos viajes por toda Europa recibiendo una sólida y liberal formación que pronto hizo que se le identificara con los filósofos y enciclopedistas.

En 1740, consolidada su vocación militar, entró a servir en el ejército con el Marqués de Montemar y el general Gages. Más tarde se trasladó a Prusia, donde conoció a Federico el Grande; residió en París y regresó a España. Por su trabajo, el rey Fernando VI le designó embajador en Lisboa; comenzaba así a tener influencias poderosas y a ganar popularidad. Reinando Carlos III obtuvo el grado de capitán general y luego fue nombrado gobernador de Valencia, cargo al que tuvo que renunciar para presidir en 1765 el Consejo de Castilla y para ser capitán general de Castilla la Nueva (11 de abril de 1766).

El Conde de Arnada era un hombre sincero y testarudo que iba por derecho, como buen aragonés, patriota y monárquico fiel. Su carácter campechano y risueño le recompensó con la simpatía del pueblo.

Durante el reinado de Carlos III, tres hechos, en los que el conde de Aranda participó activamente, marcaron su línea y su capacidad política. Fueron: el motín de Esquilache, la caída de los jesuitas y su etapa como embajador en París.

Pero hubo una propuesta que, si se hubiese tomado en serio, hoy no estaríamos asistiendo al bochornoso espectáculo de los abusos de los británicos en Gibraltar y los conflictos en la verja.

El Conde de Aranda, como buen visionario ideó soluciones a los problemas que la Corte tenía que resolver. Aunque no tuvieron a bien hacerse, despertaron en las naciones adversas, con informes de embajadores y espías, una animadversión grande y un interés creciente para deshacerse de este personaje influyente.

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Los arrecifes artificiales del Conde

Lo que realmente le granjeó la enemistad de los británicos fueron sus propuestas de entorpecer el acceso a Gibraltar, sin motivos, para causar una guerra, como era colocar en todos los alrededores de la bahía de la parte española obstáculos subacuáticos, al crear arrecifes artificiales utilizando pecios, postes o mástiles de barcos, reciamente clavados en el fondo que entorpecieran el fondeado y entrada de barcos británicos en ayuda de los gibraltareños.

Pero lo que nos sorprende de este personaje es su moderna visión que tenía sobre las soluciones a las colonias, porque veía con buenos ojos la implicación en los asuntos de la corona y una mayor libertad y decisión de los siervos de ellas, al haber observado su descontento y el nacimiento de insurrecciones.

Teniendo una idea de gobierno de bien común, al estilo de la posterior Mancomunidad de Naciones Británica o British Commonwealth of Nations, donde explotar los lazos en común que todas las colonias tenían con la corona. Y así evitar el aumento de los nacionalismos e idealismos surgidos de la Revolución francesa que exportaban las demás naciones, teniendo en cuenta que influyeron en el propio funcionariado de España y las colonias, y que éstos alentaban los ideales extranjeros ante la inflexible respuesta de la corona a sus sugerencias.

Pero lo peor fue que, además de sus enemigos extranjeros, le tocó vivir a la sombra del favorito de la Corte, Manuel Godoy, que tardó menos de un año en suplantarlo.

En 1795 el rey Carlos IV le autorizó a residir en Aragón, y el conde de Aranda decidió entonces retirarse a vivir en el municipio zaragozano de Épila, donde falleció en 1798.

Con nuestro agradecimiento al paisano del Conde de Aranda, tambien epilense, Miguel Pérez López, por su colaboración

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