EL REINA REGENTE MAREA 9 DIARIO DE CADIZ

El domingo 10 de marzo de 1895, entre la Punta del Camarinal y el Bajo de la Aceitera, se hundió el Reina Regente. Las playas del Estrecho se llenaron de sus restos y del suspiro errante de sus 412 pasajeros y tripulantes

HILDA MARTÍN | ACTUALIZADO 11.05.2013 – 12:09

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  • AQUÍ lo llamamos la Regente. No hay sobrenombre ni de Reina ni de diosa que infringiera a su tipo más gallardía que aquellas hermosas chimeneas. Un periplo tan corto y tímido para tan soberbio buque, de Cádiz a Tánger y de Tánger a Cádiz. Un espacio tan breve del mar, para tanto postín y tanta envergadura de barco. El acero más dulce para su inmensa cubierta, sombrero de organdí para la bella silueta del vapor que se contoneaba por la costa gaditana hasta tierras africanas.
Me gustaba correr, desde la proa a la popa, aquella cubierta principal corrida que permitía que el campo de tiro fuera espléndido. Y sobre ella, coronándolo, la cubierta de botes que desde la popa del castillo hasta la proa de la toldilla se convirtió en mi lugar perfecto para guardar mis tesoros.

Brillaban los cañones bajo la hermosa mirada de las vergas y las cofas, mientras la lluvia, esa que aún es fría y llega hasta los huesos en el mes de marzo, caía cada vez con más intensidad.

Sin abandonar los aires y sonidos de las rompientes en las playas de Conil, de Bárbate, de Zahora, de Zahara, de Tarifa, sin dejar ni un instante de oír las sirenas que acompañan las dulces luces de los faros de costa y de las torres, llegamos a vista de Tánger.

Arreciaba el temporal y ni siquiera por la especial importancia de los hombres, que debíamos dejar en su puerto, pudimos acercarnos a la bella Tánger.

Veíamos el alminar de su mezquita y el fuerte viento traía el canto del almuecín llamando a la oración. Fondeamos. Y desde allí, en una frágil embarcación que comenzaba a ser agitada por las bravías olas del estrecho, cruzó la delegación de Marruecos.

Soplaba viento del sureste, que arreciaba y apretaba contra los cabos y las estachas a los hombres que, temiendo caer al agua en la maniobra de acercamiento al pequeño barco, se amarraron a los palos.

La Reina Regente se mecía y su grata imagen se desdibujaba entre los nubarrones que anunciaban que un frente frío se acercaba. Todos los que estaban en el barco lo sabían, pero esa misma corta distancia que pretendimos escasa para el lucimiento del navío, le condenó a la oscuridad del fondo del océano. De Andino vio que era posible escapar del tiempo y huir de la tormenta; a fin de cuentas era tan poca la distancia y tan necesario estar presente en la botadura del Carlos V, que merecía la pena arriesgarse.

No esperó a quienes bajaron con la delegación marroquí. Ni se esperaron los exquisitos dulces moros para la fiesta que se celebraría en el casino gaditano en honor del nuevo vapor. Se olvidaron los pequeños cuernos de gacela rellenos de almendras y agua de azahar. Se quedaron en tierra las bandejas llenas de mamul, galletitas de sémola rellenas de dátiles. Riquísimas confituras para los observadores extranjeros, que la prisa dejó en tierra y permitió que fueran los vivos los que lo degustaran.

En aquel momento, y aunque yo nunca le temí por mi origen al frío, sentí la furia de un enloquecido huracán que acompañado de una fortísima lluvia nos cegó. Ningún comandante debería atreverse a salir a un mar tormentoso.

Las olas se apoderaron del castillo de proa y se rompió la estructura del centro de la Regente. Cruzábamos el cabo Espartel y la vida parecía irse mar adentro. La tierra se alejaba de mi vista y las altísimas olas nos envolvieron en una nube inmensa de espuma.

Aquellos campesinos de Bolonia, bajo las columnas y corrales de las antiguas pesquerías debían haber visto cuanto ocurría.

Oscuras y malditas aguas que parecían envenenadas por la rabia de los seres del océano marino. Ráfagas de luz desde la costa, faroles y antorchas cuando era la hora del ángelus. Sin compasión llegó la muerte y arrebató de la faz de la tierra la vida a cuatrocientos hombres. Hijos huérfanos y viudas hermosas que llorarían mirando al horizonte.

Entonces me lanceé al agua queriendo asirme a la cresta de las inmensas olas. Olvidé que José María, mi amigo, mi amo, quedaba preso del agua y que yo carecía de manos agiles que pudieran salvarle. Mar arbolada y montañosa que me dejó huérfano de caricias, carente de un hogar acogedor y seco donde tenderme frente al fuego mientras los niños jugaban.

Y nadé hacía la vida y la vida misma me llevo de un barco a otro y al fin hasta Bonanza. Allí, como un fiel amigo, fui a dar consuelo a los que infinitamente esperarían ver llegar con la marea a su amado hijo, mi amo.

Las playas comenzaron a llenarse de hermosas mujeres, padres e hijos que llevaban rosarios entre sus manos y lanzaban rosas al mar.

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