El almirante DEWEY y el submarino PERAL

El almirante DEWEY y el submarino PERAL

Tras la euforia de la botadura del submarino Peral, evento que se convertiría en uno de los acontecimientos más importantes en la España del último tercio del siglo XIX, llegaría la terminación a flote y, acto seguido, las pruebas de puerto, las de mar, las primeras inmersiones y el primer lanzamiento del mundo de un torpedo desde un buque totalmente sumergido.

Las pruebas oficiales se desarrollaron a lo largo de 1889 y 1890. Conviene resaltar que no se le concedió permiso para efectuar la prueba clave y más elocuente que había solicitado el propio inventor: atravesar sumergido el estrecho de Gibraltar, desde Algeciras hasta Ceuta. A pesar de lo cual, demostró en las pruebas que se verificaron que podía navegar en inmersión a la voluntad de su comandante, con el destino, rumbo y cota predefinidas y en mar abierto.

Además, demostró que el submarino podía atacar, sin ser visto, a cualquier buque de superficie. La Comisión Técnica nombrada al efecto avaló el éxito de las pruebas del primer submarino de la historia.

La admiración hacia Isaac Peral y su invento duró dos años, pero en otoño de 1890 empezaron a surgir los primeros detractores, entre ellos el propio almirante Montojo Trillo, uno de los principales evaluadores del submarino en 1891, que postulaba por un partido politico diferente al progresista Peral, al igual que su antedecesor Narciso Monturiol.

Las alabanzas se tornaron en críticas y en solo unos meses se pasó de la euforia al boicot y al desencanto y, finalmente, al abandono del proyecto de submarino torpedero.

Oscuros intereses nunca aclarados motivaron que las autoridades del momento desecharan el invento y alentaran una campaña de desprestigio y vilipendio contra la persona del inventor, al cual no le quedó más remedio que solicitar la baja en la Marina e intentar aclarar a la opinión pública la verdad de lo sucedido.

Una Real Orden dispuso: “Por acuerdo del Consejo de Ministros y de conformidad con lo informado por la Superioridad de Marina, no solo se rechazan sus proposiciones para construir un nuevo submarino, sino que se le ordena que entregue, bajo inventario, todo el material que, en relación con su submarino, exista en el arsenal de La Carraca”.

Montojo fue elegido senador por la provincia de Cáceres y ministro de Marina, año que también ascendió a Vicealmirante.

El submarino fue varado poco después a escasos metros del lugar donde solo un par de años antes había sido botado. Comenzó así un periodo de abandono que condujo paulatinamente al más absoluto e incomprensible de los olvidos.

El 5 de noviembre de 1891 se licencia del servicio y es operado de cáncer en Madrid, pero se le impide publicar su “Manifiesto” en ningún medio de comunicación. Finalmente, consiguió publicarlo, costeándoselo de su bolsillo, en un periódico satírico llamado “El Matute”.

Peral, confuso y amargado, pidió primero la licencia absoluta y, poco después, su baja en la Armada, que le fue concedida el 3 de enero de 1891. Dedicado a la vida civil, Isaac Peral consiguió fundar varias empresas privadas con éxito, relacionadas con su especialidad: el aprovechamiento de la energía eléctrica.

A partir de entonces rehusó las ofertas de trabajo de diversos astilleros extranjeros, bajo el pretexto de que “el submarino ya no es mío, se lo he dado a mi Patria”, y se dedicó principalmente a montar centrales eléctricas en diferentes ciudades españolas.

Comenzó entonces el proceso de desmantelamiento del buque, del que el inventor ya no quería ni oír hablar. Lo que sabemos, a través de la prensa de la época, es que fueron muy pocas las piezas del barco que quedaron a salvo. Al parecer, algunas fueron llevadas a los EE.UU y no hay evidencia de que regresaran jamás.

Transcurrió el tiempo y Peral, que había logrado sacar adelante a su familia con una frenética actividad laboral, sufrió una grave dolencia que le obligó a desplazarse a Berlín para someterse a una delicada intervención quirúrgica. A consecuencia de esta operación falleció el 1 de mayo de 1895, 3 años antes del desastre de Cuba y Filipinas, siendo enterrado en el cemeterio de la Almudena, en Madrid. El almirante Montojo, su principal boicoteador, falleció poco despúes, en 1896, en Madrid.

Durante los años siguientes el casco del submarino siguió arrumbado, ya vacío, en La Carraca y, al comenzar el siglo XX, su estado era deplorable. En esos años, España lamentaba no haber continuado con el proyecto de Peral, pues se supo que el almirante Dewey, jefe de la fuerza naval que destruyó a la escuadra española en Santiago de Cuba, había escrito en sus memorias:

“Si España hubiese tenido allí un solo submarino torpedero como el inventado por el señor Peral, reconozco que yo no habría podido mantener el bloqueo de Santiago ni 24 horas”.

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