La “mamparitis”, efectos del confinamiento del marino

A raíz del estado de alerta decretado por el presidente Sánchez, en vigor desde el pasado 14 de marzo, son millones de españoles los que se han visto obligados a permanecer en sus hogares sin fecha determinada, hasta el momento, de poder salir de nuevo a la calle con normalidad.

Esta circunstancia, obviamente anómala para una inmensa mayoría de la población, es en sí misma una forma de vida para aquellos que han decidido hacer de la mar y los barcos su medio de trabajo.

Las circunstancias han cambiado mucho a bordo en las últimas décadas, tanto en habitabilidad como en medios de entretenimiento de los que dispone el marino actual pero la verdadera revolución la ha constituido el avance de las comunicaciones. Solamente permanecen en la memoria de los más veteranos aquellas esperas de horas para poder mantener una conversación telefónica de minutos a través de Madrid Radio. El tiempo era, literalmente, oro y la discreción o la intimidad brillaban por su ausencia. El armador español, muy lejos incluso hoy en día de la mentalidad nórdica en cuanto a comodidad de las tripulaciones, no gastaba más que lo estrictamente necesario en dotar a sus barcos de cualquier cosa que pudiese oler a comfort. Las campañas se prolongaban durante muchos meses que se podían hacer eternos al no disponer de otra distracción que no fuera Radio Exterior o las disputadas partidas de mus.

Los tiempos han cambiado, sin duda. Raro es el barco en el que cualquier tripulante no dispone de correo electrónico en su camarote, antenas satelitarias que permiten ver a diario las noticias en castellano que emiten las principales compañías generalistas de televisión, tarifas telefónicas más asequibles o discos multimedia capaces de guardar una ingente cantidad de fotografías, películas o música para hacer menos tedioso el ocio de la vida a bordo.

También se han ido acortando las campañas; sin embargo, nada de esto ha logrado mitigar esa sensación de aislamiento que algunos marinos experimentan y que puede manifestarse de varias formas: desde sensación de soledad y agobio en los casos más leves hasta conductas asociales, incluso suicidios, en los más graves. Este concepto es conocido en la profesión como mamparitis y no es tan infrecuente como podría parecer. Hay que tener en cuenta que los barcos mercantes hoy en día suelen ser un entorno de trabajo altamente especializado, en especial en los buques dedicados al transporte de mercancías peligrosas (LNG, LPG, petroleros, quimiqueros, etc.) Sus oficiales, profesionales con una carrera universitaria y decenas de cursos de especialidad obligatorios para poder embarcar como tales, están sometidos a los aconteceres diarios del ejercicio de la profesión en un medio hostil como la mar pero, además, están sujetos a todo tipo de inspecciones, realizadas en su gran parte en puerto, que añaden una carga muy intensa de trabajo y de estrés a las ya complicadas operaciones de carga y descarga. Pongo el ejemplo, por conocerlo de primera mano al haber pasado la mitad de mi vida profesional en uno de ellos, de un gran petrolero cargado que entre en cualquier puerto de Estados Unidos. Además de cumplir con las normas de la bandera también lo hará con las de la propia compañía (en compañías de prestigio incluso más restrictivas), las del estado ribereño (en EUA a través del siempre exigente Coast Guard) y las del fletador mediante las “vettings”, que no son otra cosa que las especificaciones que el cliente le exige al barco y cuyo incumplimiento puede suponer cambios importantes en las condiciones del seguro y del flete, incluso la pérdida de este si las deficiencias encontradas así lo señalaran. El tripulante de uno de estos barcos, cargando y descargando a través de SBM (Single Buoy Mooring), un FPSO (Floating Production, Storage and Offloading) aligerando a otros barcos o en terminales muy alejadas de tierra puede pasar dos o tres meses sin tocar tierra.

Todo ello aumenta la fatiga de las tripulaciones las cuales, a raíz del atentado contra las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 y la posterior entrada en vigor del Código ISPS[1], han visto aún más restringida la posibilidad de esparcimiento en tierra tras prolongadas travesías. Y es que en el imaginario popular se ha establecido la errónea idea del marino en tierra dilapidando su paga de manera irresponsable; yo les puedo asegurar que ni los actuales salarios actuales ni el escaso tiempo de permanencia en el atraque permiten tales dispendios.

Y así llegamos al meollo de la mamparitis. Si a todo lo descrito hasta el momento añadimos la propia personalidad del tripulante y los problemas personales, además de los profesionales, que pueda tener en su entorno familiar, pueden llegar a darse casos de irritabilidad permanente y de discusiones por el motivo más nimio, peleas en alguna ocasión e incluso, como ya he mencionado anteriormente, gravísimas agresiones contra otros tripulantes o contra uno mismo.

Todo marino debe pasar periódicamente un reconocimiento médico según recoge el Convenio 73 de OIT (Organización Internacional del Trabajo) sobre exámenes médicos de la gente de mar y recogido en el RD 1696/2007 del 14 de diciembre cuyo objetivo es garantizar que las condiciones psicofísicas del marino sean compatibles con las características del puesto de trabajo a desarrollar a bordo. Esa misma organización ha publicado unas directrices para la realización del mencionado reconocimiento enumerando las enfermedades descritas por la OMS (Organización Mundial de la Salud) en su CIE-10 (Calificación Internacional de Enfermedades – 10ª edición) e indicando aquellas que pudieran restringir o imposibilitar el embarque. La OMS define la salud como “un estado completo de bienestar físico, mental y social y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Según esto no deberíamos encontrarnos nadie a bordo que no fuera apto para el embarque pero la experiencia nos trae a la memoria algún desafortunado caso de compañeros “peculiares”, incapaces de lidiar con la estrecha convivencia que supone la vida a bordo y a los que hay situaciones que les desbordan anímicamente. Al igual que en cualquier otro ámbito de la vida, las personas deberíamos ceder parte de nuestros usos particulares, o manías, en pos de una mejor coexistencia. Si además esta se da en un ámbito tan restringido como un barco en el que trabajas, comes y descansas durante largos períodos de tiempo con personas de diferentes culturas, usos y nacionalidades, no es extraño, aunque si muy infrecuente que haya quienes no soporten un confinamiento prolongado y acaben estallando. Muchas veces estos episodios van acompañados, en mayor o menor grado, de problemas de alcoholismo que no han sido detectados en el reconocimiento aunque, en honor a la verdad, cada vez son más las navieras que no permiten la ingesta de ninguna cantidad de alcohol a bordo de sus barcos y establecen análisis aleatorios para detectar quien infringe sus normas a este respecto, aplicando severas medidas al infractor que pueden llegar a costarle el puesto de trabajo.

Ya se que el actual confinamiento al que estamos sometidos no es comparable con estar embarcado pero nos puede dar una idea de lo que supone.

Julio A. Fernández  (FORO NAVAL)

[1] Aplicable desde la entrada en vigor el 1 de julio de 2004 del capítulo XI-2 del Convenio SOLAS

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